Crónica: En Irak las luchadoras compiten dentro y fuera del tapete

"Reclutar no ha sido un problema. Por el contrario, convencer a la sociedad es difícil, porque nuestras tradiciones no van realmente por ese camino", explica Nehaya Dhaher a la AFP.

Profesora de deporte, Nehaya Dhaher tenía una vida tranquila junto a su madre hasta que le encomendaron un auténtico desafío social; montar el primer equipo femenino de lucha de Irak, en el sur del país, considerado más conservador.

“Reclutar no ha sido un problema. Por el contrario, convencer a la sociedad es difícil, porque nuestras tradiciones no van realmente por ese camino”, explica a la AFP.

Su destino no parecía encaminado a iniciar un combate social en su ciudad, la conservadora Diwaniyah, en el sur agrícola de Irak, donde las mujeres son las grandes excluidas de los espacios públicos.

Pero un responsable de la Federación de Lucha Iraquí se le acercó y finalmente se dejó convencer para iniciar hace dos años este proyecto de equipo femenino.

Al principio Nehaya Dhaher buscó en el club deportivo local cinco voluntarias para formar el Al-Rafidein, que significa “los dos ríos” en árabe, en referencia al Tigris y al Éufrates, que atraviesan Irak.

Actualmente el Al-Rafidein cuenta con 20 deportistas, entre los 15 y los 30 años, que entrenan tres veces por semana durante dos horas.

Amenazas

En un inmenso tapete azul, con unas grandes ventanas abiertas para intentar combatir el fuerte calor, las deportistas se enfrentan y se tiran al suelo, bajo la mirada de Nehaya, vestida de gris y con un velo azul.

En pantalones cortos, con monos, camisetas de manga corta o larga, las chicas alternan los estiramientos con otros ejercicios destinados a mejorar su flexibilidad.

Pero una vez salen a la calle, las jóvenes, con los ojos pintados y discretamente maquilladas, lucen atuendos más tradicionales.

La mayoría luce velo y vestidos que las cubren completamente. De manera discreta, vuelven a la vida real, donde nada las distingue del resto en este sur iraquí, de mayoría chiita -rama del islam-.

“Aquí las tribus gobiernan la vida de todos. He recibido amenazas directas e indictaras, pero tenemos que imponernos”, dice Dhaher.

“Hemos creado lazos de confianza con las familias de las luchadoras. Nos encargamos de las chicas desde sus casas, antes de los entrenamientos, y luego las devolvemos”, añade su ayudane Nadia Saëb.

“Incluso las seguimos en su recorrido escolar”, añade con orgullo esta mujer de 47 años.

Y el apoyo ha dado sus frutos. Los aficionados al deporte acuden en familia en Diwaniyah para animar al equipo en las competiciones, explica Dhaher.

40 dólares

En otros sitios han tomado ejemplo. Otras entrenadoras se han lanzado a la aventura y se han creado equipos femeninos en Kirkouk, al norte de Bagdad, donde cohabitan kurdos, árabes y turcomanos, y en Bassora, al sur del país, en la frontera con Irán.

“Poco a poco la gente ha acabado aceptándonos”, señala Alia Hussein, de 26 años y estrella del Al-Rafidein, que intenta obtener el bachillerato, después de haber abandonado los estudios para ayudar a su familia.

Ahora está decidida a continuar e intentar convertirse en profesora de educación física.

En septiembre en Beirut Hussein logró la medallad e plata en el primer Torneo Internacional Clásico femenino en la categoría de -75 kg.

Su madre Intissar siempre la ha apoyado: “Estamos seguras de lo que hacemos, la gente puede decir lo que quiera, nos da igual. No hacemos nada malo, nadie tiene derecho a criticarlo”.

Ahmad Chemseddine, presidente de la Federación Iraquí, también tiene su papel en el inicio de esta aventura. En 2016 dedicó “un pequeño presupuesto” para las chicas de Diwaniyah. Cada una recibía un asignación mensual de 40 dólares, desvela a la AFP.

Pero en 2019 “tendrán más porque el equipo ha tenido buenos resultados”.